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Bohémia de Paris. [ Random ]

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Mensaje por Alexander el Lun Ene 02, 2017 3:21 am
Cuando la lluvia arrullaba las frías tardes de París se le encontraba pasear como un pequeño gorrioncillo que en busca de nido se intentaba acobijar, daba vueltas con cierta tranquilidad y a su vez desespero, pero sin prisa y con calma meditaba de las gotas de lluvia a su pasar, sonreía con suspicacia y enternecía a cualquier albañil que le saludaban al pasar, su nombre se conocía tan bien, más aún al llevar su paraguas azul de la estirpe de la realeza.

Pequeña yo te veía pasar, desde el cálido café degustando un cortado de té y miel, con la cantidad de azúcar que tu solías ponerle. Sin que notaras que la gente te admiraba y de vez en cuando se escribían versos en tu nombre, yo pintaba con manchas de café en servilletas tu silueta empapada de lluvia. La inocente, ingenua, tan perdida por el mundo como quien pudiera imaginar un gato callejero por ahí vagabundeaba.

Le encantaba entrar por debajo de los grandes tapados de honrados hombres poseedores de riquezas, ofrecías tu pequeña compañía, de tu cuerpo delicado y pálido desnudo entre sabanas de seda, oyéndote gemir en los cuartos de arriba, de aquél hotel que le decíamos “Le roux”. Tú solo buscabas la excusa de poder entrar al prestigiado lugar sin permiso alguno, al terminar con cada hombre que te adoraba como diosa, bajabas a nuestro lado y empezabas a filosofar aunque apenas supieras escribir.

Nos pedías un cigarro y te ahogabas al probar, te conformabas cuando algunas canciones de Frank Sinatra comenzaban a sonar. Te gustaba reírte junto a nosotros los veinte minutos que te permitían estar.

Pero fémina tan delicada tan desperdiciada, digna de un cuadro más perfecto que la desgracia de Antoniete, con sus atmosféricos ojos avellana que adornaban las pecas de tu rostro, he ahí las arandelas de tus ojeras por tantas noches sin dormir y de tanto pecar.

Pobrecilla, susurraban algunos, con tan solo diecisiete años de edad. Su abrazadora cabellera castaña rojiza recayendo con naturalidad su cuerpo, moldeando la espalda y escondiéndose en esas pequeñas curvas que solo ella orgullosa era de poseer, con la risa más dulce que ni los ángeles pudieron oír.

Se contentaba escuchando sin entender, hablando de historia y literatura del ayer, y sin apuro contaba los cubitos de azúcar que se caían sobre el mantel como si tal cosa, obviando toda pregunta que de su interés podía carecer.

No era partidario de presumir, pero yo siempre fui quien más charla tenía con la muchacha de piel porcelana, cuyo nombre ni ella recordaba y apodamos con todo el cariño del mundo “Lucía” y sin embargo muchos la llamaban la gatita de París. Moviéndose de aquí para allá, con su elegancia típica de quien aprende por callejear, con cada ratón en mano solo para robar.

¿De dónde venía o a dónde iba? Jamás quería confesarlo, hacía caso omiso y comenzaba a berrinchar; pero, tampoco podía interesarnos tanto si a las jóvenes mujeres de París la vida las llevaba a ellas y no ellas llevaban su vida. De placeres pecaminosos y girando en el mismo lugar hasta no poder más, enamorarse espontáneamente y terminar llorando contra la ventana de algún café, para que otro hombre le recogiera de nuevo y encontrar consuelo entre sus brazos cálidos que solo buscaban desgarrarle lo poco que le quedaba.

Pero no, Lucía tan diferente no buscaba amor. No buscaba consuelo ni tampoco hogar, se le veía contenta bañándose en lluvia nocturna y en contar pétalos de florecillas por los jardines Des Tuilières.

—Siempre mirando a la nada— Le interrumpieron cuando se posaba su mirada en los dibujitos que formaban las gotas de lluvia sobre la ventana.

—¿Qué sucede con la vida que se ve tan apagada?— Contestó más sin esperar respuesta se adelantó a seguir— Hay tanta gente sin rumbo y quejándose por ello, hay gente con rumbo quejándose por tenerlo. El tener un café y molestarse por el sabor, la falta de azúcar… Escasez de charla y compañía, los amantes oportunos solo por placer carnal, despedidas de balcón a huidas por un nunca más. Qué triste, ¿Dónde está el sentido de la vida, Samuel?

¡Ay! Como desconcertaban sus preguntas tan ocurrentes, elocuentes… ¿Qué decirle si ni siquiera uno con tanta experiencia encima se pasaba aun buscando el sentido de esta sin éxito alguno?

—Deberías de pensar más en porque las nubes están arriba y no abajo, en vez de cosas que solo dejan pesadumbre en uno— Le aconsejé mientras prendía un cigarro.

—Preguntadme entonces, qué es lo que pienso yo.

—¿Por qué deseas que te pregunte si no lo sabes?

—Jamás dije no saberlo, solo que nadie me lo ha preguntado.

Parpadee un poco por la complejidad con la que hablaba, como para alguien que me acababa de preguntar algo que aparentaba no saber.

—¿Y qué piensas?

—Pienso de la forma en que está flor que está aquí piensa. ¿Tú qué crees que piensa ella?

—Que fue arrancada y es injusto.

—Todos somos sometidos a algo que no deseamos y es injusto, por quienes solo viven para destruir porque no les gustó el café con dos cubos de azúcar. Y a esa gente los destruyeron quienes no se contentaron con la obra del viernes pasado, y por eso…

Por eso.

—Y tú estás inconforme.

—Oh no, claro que no. Porque cuando el ser humano se acostumbra, ya no es forzoso y está conforme. Somos personas que se adaptan.

—¿Te conformas con vender tu cuerpo por unos minutos aquí en el bar tirando moneditas por la alcantarilla? Para luego pasar la noche deslumbrando tu paraguas…

—Sí, sí, totalmente.

Y de repente, como nunca estaba en sus modales saludar, con una sonrisa plena se colocó de pie, marchándose por la puerta que tintineaba al abrir. Su paraguas cobalto al hombro y dando vueltas por las calles de París, su silueta se perdía entre vientos y carruajes, a un destino que solo ella conocía para volver nuevamente, otro día, en compañía de nuestro trío de bohemios.
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