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Broken things.

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Mensaje por Alexander el Sáb Abr 29, 2017 3:31 am
Los sonidos del desastre.
Algún día desde el centro del averno le agradecería por no haberle hecho caso ni siquiera esa última vez.  


“¿Cuántas horas más pasarás frente a ese diario?”…

No sabía desde cuando había comenzado a ser tan importante al punto de que el grito debe salir de la garganta para chocarse contra su impávida inconsciencia. Lo hizo, fue un estallido. La voz no sonaba igual que siempre, porque cuando grita, se corta. Y ahí, se escucha como un pequeño chillido, antes de que se acalle y respire con fuerza para recuperar su aliento porque desea volver a gritar.

Y no es como si no quisiese verlo de otra manera, pero si detallaba eso por como sucedía, sería un acto tan desagradable que la escritura perdería su gracia; su elegancia. La belleza caracterizable. Entonces no, solo es un grito, un chillido, el ruido de la exhalación e inhalación. Pum, crack, la silla arrastrándose contra el suelo con un chirrido insoportable, la taza se estrella contra el piso y uno solo salta de la impresión del ruido agudo.

Es que no quiere soltarlo, no iba a soltarlo. Pero ahora ya no estaba entre sus brazos resguardándose entre los ropajes que usaba, donde su tutela se aseguraba de que no se cometiese el error, la atrocidad, ¡ese enemigo deseando leerlo! ¡Ser leído era una profecía que no debía cumplirse! Y entonces alzaba la vista a la mano que altiva lo levantaba, como si señalase tal objeto como maldito, como blasfemo.

—¡El diario, que me des el diario!

No le daría el diario, que no mujer, que no te lo daría. Como lo llama uno, “los sonidos de la desgracia” se hicieron presentes y no se quedaban en gritar, chirrar, inhalar, exhalar… La mesa, la silla, la taza, el tic tac del reloj, pat pat pat, pasos.
El ruido fue seco, uno solo. Plaf. Había quedado su rostro casi pálido como porcelana observando la ventana, y solo la ventana porque allí había ido a parar su mirada. “Glup” y la saliva bajó con fuerza por su garganta.

—¿Quieres este diario?— el augurio se avecinaba proclamando una mortal tormenta que juraba caer sobre ella si osaba contestar que sí.

—¡Si!

Pues sí.

De nuevo la silla y su chirrido, como un escudo que le alejaba de su preciado tesoro. Imposiblemente dejaría que cayera en malas manos, aunque intentase leerlo no le permitiría ni leer el prólogo de semejante historia. Si de insultos y blasfemias que acompañado con maldiciones uno creía saber, se quedaba corto al lado de las que decía la joven. Y es que no parecía cansarse, y no pararía de mandarlo al infierno a menos que se lo devolviese. Sus manos no se cansarían, seguiría aferrada con puños y garras hasta rasgarle la ropa, hasta hacerle pedazos el rostro y el cuerpo, y si podía el alma; con tal de que sus ojos no se “abrieran”. Porque el cuervo jamás debe abrir los ojos. Siempre, siempre, siempre, debe mantenerlos cerrados.

Parecía una danza sin ninguna gracia, porque aún más si diera las vueltas que fuera por la habitación, tomando los brazos de ella y haciéndolos girones para que se quedase sin fuerzas hasta darse por vencida, no se lograba, el baile no acababa. La violencia no cesaba. No había ni ton ni son, solo una furia descabellada por parte de la mujer, y un intento de supervivencia por parte del hombre.

—¡Por esto, por esto! ¡Todo lo que me acabas de decir, por solo este maldito libraco! ¡Me golpeaste, me insultaste, acabas de mandarme al infierno! ¿Por qué me haces esto, Lenore? ¿Por qué nos haces esto? ¡Tan cruel, tan insensible, tan malditamente injusto he sido contigo toda la vida, verdad! ¡Tanto para que me merezca esto! ¡Hasta me hubieras arrancado los ojos con tal de que no lo leyera!

Se quebraba. Todo se quebraba. ¿Por qué quería seguir quebrándolo? ¡Solo, silencio, podía hacer silencio! ¡Porque osaba arriesgarse tanto! ¡Porque su adorado..!

—Dame el diario. Por última vez, dame el diario— se arregló el cabello cual fiera, como si realmente no importase como quedase, levantando la cabeza altiva, como quien no sufre. No duele. No afecta. Solo dame el cacharro y ya.

—¿Terminarías conmigo por este diario? Solo dilo. Lo harías. Estoy seguro de que si no te lo devuelvo… pero déjame pensar diferente.

—Dame. El diario. Alexander.

—Lo harías Lenore, ¡Lo harías verdad!

—¡Solo dame el maldito diario!— de nuevo, chillido. Se quebró. Qué clase de cosa sagrada eso de desbordarse y que se empape el rostro.

Pero no lograría otra vez, más bien, por quinta vez, lograr ponerle las manos encima a la bestia. Porque no le gusta ser tocado. Porque su rostro es intocable, pareciese que se desfigura si osas ponerle una mano encima. La orden es cruda, y justa, se debe tomar en cuenta; o ¡zas!

Zas…

Zas…

¿Qué más podía haber hecho? ¿Había algo que acaso funcionase para calmar la desesperación ajena? ¿Por qué era necesario?

—Te odio…— Consideraba, que eso, era como ser escupido en las frías calles de Berlín por un religioso— Darkwood traidor.

—Me odias, y la culpa es solo tuya. No te imaginas, qué hermoso… saber que la persona que más amaste con tu vida, no te ama ni siquiera un poco de lo que tú creías. Toma tu maldito diario y lárgate, no quiero verte a la cara. No sé ni porque debería darte el gusto de que puedas seguir viéndome llorar. ¡Lárgate, Lenore, fuera de mi vista, de mi oficina, de mi colegio! ¡Vete donde no pueda saber de ti!


Es una obra de teatro curiosa, los telones caen pero cuando las personas se retiran del escenario no son lo que eran allí. Se sacan ciertas máscaras y ciertos trajes, y sus personalidades dentro de un papel, ya no están allí. El hombre que intentó mantener su actitud con cierto orgullo, si bien con el corazón partido aún así altivo frente a la situación; se quiebra en llanto una noche entera destrozando todo a su alrededor. Ni el mas mínimo rincón queda intacto, ni él tampoco, porque un huracán le pasa por el alma. Y la injusta y cínica mujer que se retira triunfadora del acto final, por igual, se desploma en lo profundo del bosque por esa noche llorando hasta el cansancio, y perjura, que del amor que posee a ese hombre, es tan capaz de alejarlo de él con tal de mantenerlo así con vida.  

—Caroll… Aún no cedo ante el caprichoso destino. Aún no cedo ante las profecías.


 


 
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